Hacía tiempo que mi padre se había marchado de casa
dejando a mi madre sola con mi hermano y conmigo. Yo acababa de cumplir los 10
cuando se marchó y Diego, mi hermano, era sólo dos años mayor. Mi madre estaba
triste y cada noche, desde mi cuarto, podía oírla llorar. Por la mañana,
mientras nos preparaba el desayuno, nos animaba mucho y nos sonreía. Insistía
en que estudiáramos mucho en el colegio y que nos portáramos bien, ya que ella
no nos vería hasta bien entrada la tarde; sus dos trabajos no le dejaban mucho
tiempo libre. La casa donde vivíamos era pequeña y escasamente amueblada, pero
estaba bien limpia y en la mesa siempre había comida. En nuestra ignorancia
infantil, no nos dábamos cuenta de las dificultades que nuestra madre pasaba
para atendernos y sacarnos adelante.
Nuestra jornada empezaba cuando salíamos del colegio,
jugábamos al baloncesto hasta que empezaba a oscurecer y luego nos íbamos a
casa para ver la televisión. No necesitábamos una guía de programación, sabíamos
qué programas había a cualquier hora, en cualquier canal. Así, nuestra vida
transcurría entre los tiroteos y el galopar de los caballos de una serie o las
risas de otra, sin olvidar los anuncios que tanto nos fastidiaban. Estirados en
la cama de mi madre veíamos la televisión durante horas enteras, pero un día mi
madre nos cambió la vida para siempre, apagó el televisor. El detonante fueron
mis malas notas. Mi madre, María Luisa Madrid, apenas había llegado a tercero
de primaria pero era mucho más lista de lo que nosotros, sus hijos, pensábamos.
Ella se había fijado en algo que había en todas las elegantes casas donde
limpiaba: libros. Así pues, el día que nos apagó el televisor, nos anunció que
se iba a ocupar de nuestro futuro, de que cada uno de los dos fuera alguien en
la vida.
“De hoy en adelante vais a leer libros”, nos dijo. “Es
más, cada semana tendréis que entregarme el resumen de un libro.”, añadió.
Nuestra reacción fue enfadarnos y decirle que era una injusticia, alegando que
todos los niños veían la televisión. “Además, ¡en casa sólo tenemos la
Biblia!”, replicamos. Pero ella reanudó el ataque diciendo que no nos
quedaríamos en casa, “Yo os llevaré donde hay muchos libros, la biblioteca
municipal. Yo os llevaré cada semana.”
Al día siguiente, Diego y yo, desconsolados, nos
dirigíamos de mala gana a la biblioteca pública, acompañados por mi madre.
Después de hacernos el carnet para poder hacer préstamos, entramos en la sala
de lectura. A regañadientes, me puse a pasear por el pasillo de libros para
niños y, como siempre me habían gustado los animales, me llamó mucho la
atención un libro en concreto. Trataba sobre castores, sobre como viven y
construyen sus diques. Ese fue el primer libro que leí, de principio a fin. Por
primera vez en la vida, me encontraba perdido en la inmensidad de un mundo
nuevo. Ningún programa de televisión me había llevado tan lejos de mi entorno
como aquel viejo volumen. A través de las palabras, podía ver con claridad
aquel frío arroyo del bosque donde esos graciosos animales construían su hogar.
No lo comprendí entonces, pero era una experiencia muy distinta a la de sentarse
a ver la televisión. Las imágenes se formaban en mi mente, no delante de mis
ojos, y podía verlas de nuevo cuantas veces quisiera, con sólo dar la vuelta a
la página.
En aquel ajetreo que era mi vida, no tardé en esperar
con ansia las visitas a la biblioteca. Fue allí donde descubrí todas las
maravillas que contienen los libros. No sólo me gustaba leer, sino que descubrí
que era capaz de retener información más fácilmente por medio de las palabras
escritas que por conversaciones o por imágenes. Cuando acabé con los libros de
animales, pasé a los de historia. Entre todas aquellas páginas había mundos
enteros, y yo podía recorrerlos a mis anchas; la televisión ya no me llamaba la
atención. Cada tarde, a la salida del colegio, estaba impaciente por llegar a
casa, para consultar mis libros. Tantas eran las ganas que mi hermano y yo ya no
podíamos esperar a que mi madre nos acompañara a la biblioteca. Por suerte, descubrimos
un atajo donde había poca circulación y así podíamos ir tranquilamente los dos
solos. En cuanto a la prohibición de ver la televisión, mi madre acabó por
ceder y cada tarde podíamos verla un rato, pero la tele ya no era nuestro mundo
sino un pasatiempo ocasional.
De paso, ocurrió algo curioso: nuestras notas en el
colegio mejoraron considerablemente. Nuestros profesores no entendían ese
cambio repentino: después de tantos suspensos, llegamos a final de curso con
unas notas excelentes. Años después, mi hermano y yo pudimos llegar a la
universidad, gracias a la ayuda de mi madre, que nunca dejó de apoyarnos con
sus palabras, su cariño y su trabajo.
El tiempo ha pasado, Diego es ingeniero y yo profesor
de universidad. A veces, al recordar, todavía me cuesta creer la trayectoria de
mi vida: de ser un alumno deficiente en un colegio público llegué a la
universidad y estudié la carrera que más me gustó. Sin embargo, sé cuando
comenzó el viaje: el día que mi madre apagó el televisor y nos acompañó a la
biblioteca pública. Gracias, mamá.
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