Hace ya muchos años que acabé
la universidad. Terminé mis estudios de enfermería y trabajo en el hospital del
pueblo donde resido desde hace tiempo, donde la mayoría de los enfermos son
personas mayores. Es en la planta primera donde paso casi toda la jornada, ya
que es la más concurrida. La habitación número 20 está ocupada por una señora
que me recuerda mucho el pueblo donde nací, donde decidí hacerme enfermera. Al
estar con ella me vienen a la cabeza los años de instituto.
Aunque ya hace tiempo que
acabé el bachillerato, jamás olvidaré una anécdota de aquella época. Un
profesor nos encargó un trabajo opcional para subir nota: debíamos escribir
algo sobre una persona mayor. Sin pensarlo dos veces me dirigí a la residencia
municipal, segura de que allí conocería a alguien con alguna historia
interesante que contarme. Me presenté en dirección y expliqué en qué consistía
mi visita. La directora, muy amable, me acompañó al cuarto número 6. Al entrar
en la habitación parecía vacía, con tan sólo una cama, una silla y, colgado de
la pared, un cuadro con unas rosas. Finalmente la vi, al fondo de la
habitación, sentada en una mecedora mientras tejía a conciencia una fina
bufanda.
Cuando notó mi presencia,
la anciana me miró y dejó de tejer. “¿Me
conoces?”, preguntó.
“No, soy una estudiante.”, dije tímidamente, “Tengo que hacer un
trabajo sobre gente mayor y he pensado que tal vez usted me podría ayudar”. Sin levantarse, la señora me ofreció
la silla. Una vez me senté ella reanudó su labor.
“¿Qué teje?”, pregunté. “Dios está en mi cesta”, respondió. “¿Qué hace?”, le pregunté de nuevo. Dejó
de tejer por un momento, me sonrió y nuevamente me dijo “Dios está en mi cesta”. Miré con disimulo la cesta, por si
alcanzaba a vislumbrar a dios. “Dios está
aquí.”, dijo, “Recé para que viniera
y vino”. La anciana no añadió nada más. Pasé un rato observándola, hasta
que pensé que se hacía tarde. Le di las gracias y me fui.
“¿Qué impresión te causó?”, me dijo la directora de la residencia. “Dice que Dios está en su cesta de
labores. Me parece que está un poco trastornada”, respondí. “Lo estaba
cuando llegó.”, me comentó la directora, “Hacía
poco que su marido había muerto y estaba muy sola. Le sugerí que le pidiera
ayuda a Dios, que él le daría paz. Y lo hizo. Poco después, una asistenta la
enseñó a tejer y en pocos meses estaba tejiendo calcetines para todos los de la
residencia. Se volvió la mujer más popular de la residencia. Y ahora tiene más
de 90 años, pero todavía puede hacer punto. Sólo dice que Dios está en su
cesta, y a veces creo que tiene razón.”
A la semana siguiente, el
profesor que nos mandó el trabajo me puso un excelente. Días después recibí un
hermoso suéter de lana, justo de mi talla. Lo acompañaba una nota de la
directora de la residencia: “Querida
María, la mujer que conociste nos pidió que te enviáramos este regalo. Pensaba
que tal vez te gustaría abrigarte con un trozo de Dios. Falleció hace tres
días. Estaba feliz”. Sin darme cuenta, aquella anciana mujer me indicó el
camino que debía tomar en la vida. Y, como agradecimiento, aún conservo su
trocito de Dios.
Dios está en mi cesta by María Teresa Mengíbar Madrid is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.
Creado a partir de la obra en http://rinconentrepaginas.blogspot.com.es/2012/09/dios-esta-en-mi-cesta.html.
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