domingo, 16 de septiembre de 2012

Dios está en mi cesta



Hace ya muchos años que acabé la universidad. Terminé mis estudios de enfermería y trabajo en el hospital del pueblo donde resido desde hace tiempo, donde la mayoría de los enfermos son personas mayores. Es en la planta primera donde paso casi toda la jornada, ya que es la más concurrida. La habitación número 20 está ocupada por una señora que me recuerda mucho el pueblo donde nací, donde decidí hacerme enfermera. Al estar con ella me vienen a la cabeza los años de instituto.
Aunque ya hace tiempo que acabé el bachillerato, jamás olvidaré una anécdota de aquella época. Un profesor nos encargó un trabajo opcional para subir nota: debíamos escribir algo sobre una persona mayor. Sin pensarlo dos veces me dirigí a la residencia municipal, segura de que allí conocería a alguien con alguna historia interesante que contarme. Me presenté en dirección y expliqué en qué consistía mi visita. La directora, muy amable, me acompañó al cuarto número 6. Al entrar en la habitación parecía vacía, con tan sólo una cama, una silla y, colgado de la pared, un cuadro con unas rosas. Finalmente la vi, al fondo de la habitación, sentada en una mecedora mientras tejía a conciencia una fina bufanda.
Cuando notó mi presencia, la anciana me miró y dejó de tejer. “¿Me conoces?”, preguntó. “No, soy una estudiante.”, dije tímidamente, “Tengo que hacer un trabajo sobre gente mayor y he pensado que tal vez usted me podría ayudar”. Sin levantarse, la señora me ofreció la silla. Una vez me senté ella reanudó su labor. “¿Qué teje?”, pregunté. “Dios está en mi cesta”, respondió. “¿Qué hace?”, le pregunté de nuevo. Dejó de tejer por un momento, me sonrió y nuevamente me dijo “Dios está en mi cesta”. Miré con disimulo la cesta, por si alcanzaba a vislumbrar a dios. “Dios está aquí.”, dijo, “Recé para que viniera y vino”. La anciana no añadió nada más. Pasé un rato observándola, hasta que pensé que se hacía tarde. Le di las gracias y me fui.
“¿Qué impresión te causó?”, me dijo la directora de la residencia. “Dice que Dios está en su cesta de labores. Me parece que está un poco trastornada”, respondí. “Lo estaba cuando llegó.”, me comentó la directora, “Hacía poco que su marido había muerto y estaba muy sola. Le sugerí que le pidiera ayuda a Dios, que él le daría paz. Y lo hizo. Poco después, una asistenta la enseñó a tejer y en pocos meses estaba tejiendo calcetines para todos los de la residencia. Se volvió la mujer más popular de la residencia. Y ahora tiene más de 90 años, pero todavía puede hacer punto. Sólo dice que Dios está en su cesta, y a veces creo que tiene razón.”
A la semana siguiente, el profesor que nos mandó el trabajo me puso un excelente. Días después recibí un hermoso suéter de lana, justo de mi talla. Lo acompañaba una nota de la directora de la residencia: “Querida María, la mujer que conociste nos pidió que te enviáramos este regalo. Pensaba que tal vez te gustaría abrigarte con un trozo de Dios. Falleció hace tres días. Estaba feliz”. Sin darme cuenta, aquella anciana mujer me indicó el camino que debía tomar en la vida. Y, como agradecimiento, aún conservo su trocito de Dios.

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Dios está en mi cesta by María Teresa Mengíbar Madrid is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.
Creado a partir de la obra en http://rinconentrepaginas.blogspot.com.es/2012/09/dios-esta-en-mi-cesta.html.

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